Domingo, 13 de noviembre de 2005

Con las manos duras de golpear tumbas de amigos se limpió las lágrimas que ondulaban sobre los surcos de sus arrugas.
Pensaba en la soledad, como aquella que había sentido hacía tantos años en medio de todas las almas muertas que transportaban cuerpos de jóvenes como él, que no sabían de la guerra ni de la muerte.
De la guerra seguía sin saber, de la muerte ya era un viejo conocido.
La silla de ruedas chirriaba cuando se deslizaba por el pasillo de madera de su pequeño y caótico hogar, iba montado en ella desde los 23 años, desde que volvió de la guerra. Había dejado muchos amigos y sus dos piernas. Muchas balas y una mina.
Ahora, limpias ya las lágrimas se dirigió al salón a coger el teléfono, las llamadas parecían no surtir efecto, pero no desistiría.
¿Cómo podían volver a caer en el mismo error? no aprendieron de la pasada? se sembró el campo de batalla de semillas de dolor sólo para que unos años después volviesen a hacer lo mismo?
Había llamado a gente importante, les había contado su historia, pero nada, le tomaban por un viejo loco, un viejo que no sabía de que hablaba.
Pero si este viejo tuviese todavía piernas iría a donde hiciese falta para contar los horrores, los ojos vidriosos de los muertos, las sonrisas con sangre en la boca por irse de esa guerra aunque la puerta fuese una tumba de tierra húmeda.
Colgó el teléfono y decidió salir a la calle a intentar hacer algo, lo que puediese por parar esa nueva guerra que iba a haber.
Nunca había salido solo, no había ascensor y las escaleras, aunque no muchas eran peligrosas para su chirriante silla.
Pero iba movido por la voluntad y guiado por la esperanza.
Aún así no pudo, la silla se giró en un mal instante, y las escaleras fueron su última morada. Murió en el momento.
En el periódico, junto a la noticia de que la guerra era inminente salió la pequeña noticia de que un viejo paralítico moría al intentar bajar las escaleras él sólo probablemente para ir a dar un paseo o comprar el pan.
Por: pablo fernández díaz | Relatos | Comentarios (10) | Referencias (0)
cintia | 13-11-2005 13:56:58
Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.
Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.
Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes, tristes...
(M. Hernández)
Una historia tan bien escrita como real...
Medea | 13-11-2005 14:25:07
Después de todo... ¿qué tiene que decir a los poderosos alguien que sabe de lo que habla? ¬¬'
Todo se olvida, aunque no del todo, creo...
Me parece que en este país aprendimos bien la lección hace 70 años, y la mayor parte de Europa también, aunque un poquito más tarde.
chousas | 13-11-2005 19:13:57
Es triste. Una pena porque podría ser real. Pero está claro que hay muchos sordos en esta vida. Besos.
María | 13-11-2005 20:00:13
Un triste relato, me ha recordado un montón a las veces que habó con mi abuela al respecto sobre su infancia y me cuenta su fatídico recuerdo de no volver a ver a su hermano, el cual un día partió hacia una guerra.
Demasiadas vidas quebrajadas al respecto, malditas guerras.
Un triste relato que como dice María podía ser real y en algún lugar haber ocurrido.
Besos
Gemuina | 14-11-2005 16:13:15
Muy buen relato.
Sobre el asunto de las guerras, se suele decir que no se aprende la lección. Yo pienso que los soldados rasos no van en general animados a la guerra, que al fin y al cabo es matar o morir. Son los poderosos de turno quienes no solo nunca aprenden, sino que ni siquiera lo intentan.
Un saludo
raul | 15-11-2005 00:52:47
Muy bonito, muy triste... y muy real, aunque sea un relato ficticio... porque seguramente siempre ha habido y habrá quien, intentando evitar cualquier tragedia, acaba de forma trágica. Y los demás pensaremos que se dirigía simplemente a comprar el pan.
Un abrazo.
Kurdo | 15-11-2005 11:12:34
niebla | 15-11-2005 15:20:52
cris | 15-11-2005 19:53:24
Muy bien expresada esa frustración y ese final que oculta la verdad. Pero un hombre con razones no puede parar una guerra sin ellas.
Lula Towanda | 16-11-2005 17:41:16
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